Diario de un Muerto

 

Lunes 12. Tarde, demasiado tarde.

El día podría haber comenzado de mejor manera. Podría, por ejemplo, no haber sido Lunes. Incluso, si ese hubiese sido el único inconveniente, no estaría yo ahora descansando mi espalda desnuda sobre la fría camilla metálica de la morgue del Hospicio de Desauciados de las Hermanitas de la Putísima Claridad… y no me miréis de esa manera, sé que pensáis que debería tratarlas con más respeto, pero es que no contentas con verme agonizante, creyeron oportuno realizarme una enema con una manguera de bomberos… y no es que no lo haya disfrutado, dentro de todo, no fue lo peor que me pasó en el día, pero es que tanto la gordita que introducía la manguera, como la que me mantenía inmovilizado boca abajo clavándome gentilmente ambos codos entre los homóplatos más las dos o tres que se asomaban por el vano de la puerta de la habitación, no hacían el menor esfuerzo por discimular las risas, risitas e incluso estentóreas carcajadas… claro, no disimulaban porque sabían que estaba por morirme y que jamás presentaría una queja en el libro de reclamaciones que para tal efecto tienen a disposición del público en alguna oficina virtualmente inaccesible… Hermanitas de la Claridad… secta de sádicas coprófagas… que yo ya me voy haciendo una idea de por qué usan un hábito marron.

Pero ese no fue más que el epílogo de un día funesto. Un Lunes que debería ser arrancado del calendario hasta el fin de la eternidad, que es lo que le deben haber hecho al treinta de Febrero por razones similares.

Podría haberme quedado entre las sábanas, quizás de esa manera nada de esto hubiese sucedido. No lo sé, en todo caso, ya es tarde para lamentaciones. Ya estoy aquí, completamente desnudo bajo la ascéptica luz de un foco halógeno, con la mitad de mis tripas prolijamente acomodadas a mi lado, en una bonita bandeja de acero inoxidable y con el culo aún doliéndome a pesar del rigor mortis…

Y no me preguntéis que cómo es posible que un muerto esté escribiendo cosas como estas. Es una pregunta estúpida. Los muertos podemos escribir. Punto. Es lo primero que se aprende al pasar de este lado, no hay mucho que hacer, la infraestructura es bastante paupérrima. Lo de la luz al final del tunel y el humito blanco no es mas que un truco barato que no dura más de un par de minutos, después nada. El canto de ángeles, las trompetas, las arpas, peor. Es música funcional y no termina nunca, es como quedarse encerrado en el ascensor de una empresa multinacional.

Tampoco dan alitas. Es duro decirlo y uno no puede más que sentirse desilusionado. Ni alitas ni túnica blanca. Uno se queda con lo que llevaba puesto… y como en mi caso las Hermanitas se llevaron toda mi ropa para dársela a algún mendigo indigente, aquí me tienen, muerto y en pelotas. Con un frío que haría tiritar al Yeti y unas ganas de tomarme un cubata que casi no puedo explicar.

Un Lunes de mierda.

 

Todo fue mal desde el principio.

Me desperté sin saber dónde estaba. Una cama extraña, una habitación desconocida y una chica durmiendo a mi lado, llenando de babas la almohada y con su mano en mi pecho como indicando que ya me había transformado en su propiedad. Tardé al menos cinco minutos en recordar la borrachera de la noche anterior, el bar y la chica ésta en cuestión, invitándome a subir a su piso.

Me froté la cara con ambas manos, tratando inutilmente de despabilarme, me liberé con toda la delicadeza de la que fui capaz del abrazo posesivo y me senté al borde de la cama para poner en orden mis ideas. Si, las pocas que tengo.

- Ten cuidado,- dijo a mis espaldas una adormilada voz mohosa,- la bacinica está junto a la mesilla, por la noche me da pereza bajar hasta el servicio… sobre todo en invierno.

Murmuré un “vale”, que se convirtió en un bostezo de esos largos que terminan con un desperezarse y hacer crujir la espalda mientras se juntan los homóplatos y se tira la cabeza hacia atrás, para luego subir los hombros, moviendo la cabeza de un lado a otro para que también puedan crujir las cervicales, que bien se lo merecen las pobrecitas. Operación que en total lleva menos tiempo ejecutarla que describirla y finalizada la cual apoyé los codos sobre las rodillas y dejé caer la cabeza entre mis manos para quedarme pasmado ante el dantesco paisaje de humedad amarillenta en el que tenía hundido mis pies descalzos… entonces no eran zapatos los que había hecho a un lado displiscentemente con el pie cuando me había sentado… ya me parecía a mi que lo que sentía subir por mis piernas no era la calidez de la loza radiante.

Un Lunes de mierda y de meo… mala forma de empezar una semana.

- ¿Puedo darme una ducha?- dije sin mucha confianza.

- Si claro, encontrarás toallas debajo del lavamanos.

Junté apresuradamente mi ropa, resignandome a la perdida de mis calcetines, que no encontré a primera vista y no quería ponerme a buscar en ese instante… ni en ningún otro en el futuro.

El baño era como cualquier otro baño. Pequeño, un poco húmedo, con tres bragas colgadas del toallero y con un inodoro que se tambaleó preocupantemente cuando me senté en él.

No tengo idea de cómo funcionará el sistema gastrointestinal del resto de la humanidad, pero el mío, tras una noche de exceso etílico y sin importar lo mucho o poco que haya comido, produce tal cantidad de desperdicios sólidos que, si no fuera por lo radiactivo de su olor, serviría para modelar una réplica del David de Miguel Angel de tamaño natural.

Al principio temí que los sonidos que estaba emitiendo llegaran a oídos de la chica, pero la certeza de no volver a verla nunca más anuló mis inhibiciones.

Al finalizar y como siempre hago, me quedé un instante observando la obra terminada. Admito que es asqueroso y que casi nadie admitiría públicamente que hace lo mismo, pero creo que es parte de la naturaleza humana la admiración del excremento.

Pero el destino me tenía preparada una nueva putada.

El sonido metálico y hueco de la cisterna al tratar de tirar la cadena. Levanté la tapa de loza, dentro no había ni una gota de agua. Me puse de rodillas buscando la llave de paso. La giré de izquierda a derecha y de derecha a izquierda. Nada.

En el lavamanos tampoco. Ni en la ducha. Seco como el Sahara. Y en el inodoro la mierda flotaba como en el Mar Muerto.

En mi desesperación decidí taparlo todo con lo que quedaba de papel higiénico y para disimular el aroma utilicé medio frasco de acondicionador de papayas y ceramidas. En todo caso debía salir de allí lo antes posible, el camuflaje no resistiría mucho tiempo.

Me vestí y salí del baño cerrando la puerta instantáneamente.

- Tengo que irme, hasta luego- grité hacia la habitación, pero la respuesta me llegó del extremo opuesto del pasillo.

- El desayuno está listo, ven que tengo todo preparado.

Nada podría ser peor.

 

Casi nada.

Al verla de pie en medio de la cocina, con una taza de café en la mano y unas flojas bragas rojas como único vestido, comprobé los devastadores efectos que el alcohol tiene sobre la juventud y juré por quincuajésima vez dejar la bebida.

No era, la pobrecita, completamente fea y es probable que mi mala impresión estuviera influenciada por mi anterior chapoteo en su orin de medianoche.

Era, eso sí, algo gordita. Su vientre levemente celulítico le cubria casi medio pubis. Los granos que le cubrian el rostro también salpicaban sus hombros y su desinflado pecho. No puedo jurarlo, tal vez la iluminación me jugó una mala pasada, pero creí notar un incipiente bigote cubriendo su labio leporino. Al entregarme el café,el perfume de su cuerpo me envolvió, trayéndome a la memoria los cebollines a la vinagretta que mi abuela guardaba durante meses en la alacena sin lograr convencer a nadie para que los comiera.

Mientras me llenaba la boca de tostadas para no tener que hablar, me dijo con algo que podría semejarse a una sonrisa, “nunca me habían comido el coño como tu lo hiciste anoche”.

Fue demasiado para mí.

No pude contener el vómito que cubrió prácticamente toda la mesa y quedó humeando mientras un silencio sepulcral crecía entre nosotros.

- Lo siento, lo siento, lo siento…- repetía mientras con lo que quedaba de tostada trataba de juntar todo el vómito dentro de la taza vacía.

 

Por un momento tuve la esperanza de que todo aquello fuera tan solo una pesadilla, un mal sueño de borracho. Pero no, intimamente sabía que no estaba dormido.

Y las cosas seguían empeorando.

- Ay, amor mío,- suspiró la chica, acariciándome la cabeza,- no deberías haber tomado tanto anoche… no te preocupes, deja que yo lo limpie, ve tu al baño y lávate la cara.

Simplemente me resigné. Lo admito. Es vergonzoso, pero he de aceptarlo. Me puse de pie, le sonreí con lo que me pareció una excelente imitación de un cordero frente a las puertas del matadero y corrí a encerrarme nuevamente en el servicio.

El olor allí dentro era insoportable.

Decidí huir.

Entreabrí la puerta y comprobé que ella siguiera ocupada sobre la mesa, dándome la espalda. Abrí algo más la puerta rogando que las bisagras acompañaran mi sigilo. Sabía que en mi contra jugaba el no saber dónde se encontraba la puerta de calle. Solo iba a tener una oportunidad o todo estaría perdido.

Me saqué los zapatos y me encaminé de puntillas hacia la derecha. Estos eran los tres metros más peligrosos. Sudaba. El pasillo concluía en un pequeño saloncito. Con un suspiro contenido me coloqué entre la pared y una lampara de pie, ya fuera del alcance visual de la muchacha.

Tengo la teoría de que es posible conocer a una persona a través del análisis del salón de su casa…

Las paredes estaban pintadas de un verde deslavado, cuya única decoración era un calendario deportivo de mil novecientos noventa y nueve, con la foto de un levantador de pesas ucraniano sobre los meses de Mayo y Junio. Los dos sillones tenían un tapizado que, por respeto a Escocia, no debería llamarse escoces. En uno de ellos se derrumbaba una torre de revistas del corazón. Alguien había recortado la cara de un famoso torero de la portada de la revista que coronaba la cima. Sobre el televisor había un vaso con lo que parecían ser restos foscilizados de leche chocolatada. Sobre la biblioteca de pino no había un solo libro, sino casi dos docenas de animalitos de peluche, el más grande de todos sostenía entre sus rosadas manos un corazón de seda roja en el que claramente se leía “Riky te amo”.

Estaba aterrorizado.

A mi derecha se encontraba la angosta escalera de madera que conducía al dormitorio en el que me había despertado y en el que, según todos los indicios, había cometido el más abyecto autocastigo. Bastante me costó contener la nueva arcada.

Pero lo más desesperante era que, a la izquierda de la escalera, justo frente a mí, había dos puertas completamente iguales, separadas entre sí por algo más de un metro.

No tenían ninguna característica particular, nada que me indicara cual de ellas podía ser mi vía de escape.

Un pensamiento ocupó mi mente por un instante, pero lo alejé de mí lo más rápido posible. Quizás ninguna era la salida.

Desde la cocina me llegaba la voz de la chica que tarareaba algo remotamente tropical.

Me decidí por la puerta de la derecha, pero como soy algo disléxico, sobre todo cuando estoy un poco nervioso, abrí la izquierda.

Loado sea el Señor.

Y maldita sea la señora que, con una sonrisa vacía de dientes, obstruyó mi huída al grito de “tu debes ser el novio de Dominga”, frase esta que, por el volumen de su voz, debe haber sido escuchada hasta en Groenlandia y que, por su contenido, resonará en mis oídos por los siglos de los siglos. Palabra de honor.

Un instante de terror. Parálisis total. Enrojecimiento involuntario de las orejas y las mejillas. Mareo, lipotimia.

Y desde la cocina un angustiante “¿mi amor, a dónde vas?”.

 

Milagrosamente la mente recuperó el control sobre la carne y en un gesto digno de un atleta nigeriano, salté por sobre el carro de la compra de la anciana, cuya única reacción fue llevarse la mano al corazón y comenzar una plegaria que pronto se convertiría en una catarata de los más pintorescos insultos. Corrí en tiempo record hasta el ascensor que aun no había cerrado sus puertas. Presioné el botón de la planta baja y solo me permití un suspiro cuando, luego de cerrarse las puertas, un ligero temblor me indicó que ya estaba descendiendo.

Recien al sentir el frío de la calle en mis piés me di cuenta que había perdido en la huída un par de zapatos de excelente calidad, mi cazadora gris con el móvil y la billetera dentro del bolsillo interior… eso y mi dignidad, mi autoestima y mi amor propio. Eso y la mirada inquisidora de los transeúntes que debían preguntarse a qué secta de vegtarianos extremistas pertenecería un desquiciado que en pleno Enero sale a la calle en camiseta y descalzo. Estaba helándome.

 

Helándome de la misma manera que en este momento, mientras escribo.

Al levantar la mirada compruebo que todas las luces de la morgue han sido apagadas, que todos los sonidos han enmudecido. Me miro, desnudo sobre la camilla metálica y me doy pena, pero tengo hambre y quisiera encontrar algo de ropa. Ya no tengo ánimo para continuar escribiendo. Me siento cada vez más solo, más vacío.

 

Martes 13. Otra estafa.

 

En fin, no deben ser aun las seis de la mañana, he decidido sentarme nuevamente aquí para escribir un poco y tratar de poner en orden el desorganizado caos que es morirse.

No hay comida. Es decir, si hay, pero es comida de hospicio y deja bastante que desear. Es verdad que tampoco he querido salir a buscar algo fuera de este nosocomio. No quería dejarme solo, porque sospecho que en cualquier momento llegará mi familia a buscarme y quisiera estar con ellos en este crucial momento.

No hay con quién conversar. Nadie parece notar mis acciones, mis paseos e incursiones en la cocina o los pequeños hurtos gracias a los cuales ya estoy medianamente bien vestido.

Todo parece indicar que la muerte es como estar en una sala de espera con el número trecientos catorce arrugado entre los dedos, mientras en el letrero anunciador titila desde hace una hora y media un solitario número nueve.

 

He releído parte de lo que escribí ayer y no es ni siquiera la mitad de lo que me sucedió durante esas últimas veinticuatro horas…

Aun recuerdo la cara de lívido terror de la dependienta que me atendió en la zapatería a la que entré tratando de que no se notara demasiado la desnudez de mis piés. Recurriendo seguramente a sus años de experiencia y a los manuales de atención al cliente, logró un esbozo de sonrisa y preguntó, “¿en qué lo puedo ayudar, caballero?”

- Zapatos,- murmuré- cualquier tipo de zapatos, calzo cuarenta y tres.

“Noventa y siete euros”, creo que la oí decir mientras desesperadamente corrí hacia la puerta, medio tropezándome con una torre de cajas vacías.

Recuerdo al dueño de la tienda saliéndo desde detrás del mostrador para perseguirme.

Recuerdo la carrera de obstáculos entre la gente que comenzaba a atestar la avenida. Los gritos desesperados, “ladrón, ladrón”

Recuerdo el corazón saliéndoseme por la garganta y el alivio cuando finalmente me di cuenta que los había perdido.

Recuerdo todo. Como si hubiese sido ayer.

 

Al llegar al portal de mi edificio, metí instintivamente la mano dentro del bolsillo de mi pantalón. Otro dolor. Las llaves también habían desaparecido.

Con un escalofrío recorriéndome la espalda y la certeza de saber lo que se avecinaba, toqué el timbre de la portera.

- Buenos Días, Ramona, soy el del quinto, creo que olvidé la llave, podría…

- ¿Otra vez borracho? Todos los fines de semana es igual con usted. Debería darle vergüenza, yo tendría que hablar con sus padres, pero claro, no quiero darles otro disgusto, ya bastante sufren los pobres viendole así sin sentar cabeza… a su edad mi marido era teniente del ejército y si no llegó a general fue porque murió su padre y tuvo que hacerse cargo de la ferretería porque mi suegra era una alcohólica inutil igual que usted.

- Sí, Ramona, yo solo quería la llave.

- Pase, pase que voy en seguida.

Y por supuesto que llegó en seguida y me abrió amablemente la puerta de mi piso, pero el precio fue media hora más de martirio, recorriendo la vida y obra de su familia, sus vecinos del pueblo, de la rubia del tercero, el pescadero de la otra cuadra y de mi propia familia, a la que ella conoce desde el 64, cuando llegó casi con lo puesto, etcétera, etcétera.

Cuando por fin pude librarme de Ramona y su verborragia me recosté en el sofá, cerré los ojos y si no lloré fue porque de alguna manera presentía que el infierno no había hecho más que comenzar.

Dios actúa en formas misteriosas. El Diablo, en cambio, lo hace directamente y sin anestesia.

La pequeña luz roja del contestador automatico estaba titilando.

Un único mensaje. Rebobiné la cinta y volví al sillón. Mientras con el pulgar y el dedo medio presionaba la parte superior de mi tabique nasal con la esperanza de poder eliminar la jaqueca, escuché la voz preocupada de mi madre.

- Hijo, ¿dónde andas? Ya casi no me llamas nunca, ni vienes a comer a casa… bueno, que me ha llamado recién tu novia porque te has dejado el movil y otras cosas en su casa… no me habías hablado de ella, es una chica muy amable, le dije que vinieran a casa el Jueves que voy a hacer cocido… a ver si de vez en cuando comes algo decente y no esas porquerías que…

Para cuando el mensaje terminó yo ya no era capaz de recordar ni la mitad de las cosas que mi madre había dicho. Solo la palabra “novia” se repetía en mi cerebro como un cántico indudablemente satánico.

Se me agotan los insultos para describir a la famosa Dominga de los cojones y al mismo tiempo no puedo dejar de pensar que no solo dormí con ella, sino que me llené la boca con sus fluídos…

Me sentía sucio hasta la médula.

Me dí una de las duchas más largas de mi vida, frotándome tan fuerte que facilmente pude haber eliminado un par de milimetros de epidermis, sin exagerar.

Mientras hacía gárgaras con el shampoo, recordé que había una oficina con un escritorio repleto de papeles que yo debería estar revisando en ese mismo instante. Maldije a toda la humanidad en general y a la civilización judeo cristiana occidental en particular. Me vestí y salí como una tromba.

Cuando uno llega tres horas tarde al trabajo hay pocas excusas que puedan inventarse y que mantengan un mínimo de credibilidad. Una de las mejores estrategias es enfadarse con uno mismo y comenzar la explicación con algo así como, “mira, yo no puedo ser más idiota, es como para darme patadas en el culo, lo que sucedió fue…”. Simple pero efectivo. Sin embargo, al entrar a la oficina de mi jefe supe que no tendría con qué defenderme, parecía estar inconmensurablemete tranquilo.

- Sientesé- me dijo, señalandome la silla frente al escritorio.- Vamos a charlar un poco.

Sudor frío. Nudo en la garganta.

- Sabe…

- No diga nada, escuche- sugirió.- Creo que va a ser mejor que se tome unos días para resolver sus asuntos personales y que estos dejen de influír en su desempeño laboral, ¿de acuerdo?

- En reali…

- Y también pidale a su esposa que deje de llamar a la oficina. Sobre todo de la manera que lo ha hecho durante toda esta mañana.

- Mi esposa no pued…

- Usted sabe que nadie es imprescindible en esta empresa. Usted tampoco. Vaya a casa, busquese un consejero familiar, lo que sea. Vuelva el próximo lunes con una nueva actitud, ¿comprende?

- Lo que p…

- Hasta luego.

 

Volví a casa como un zombi y me tiré en la cama tratando de olvidar todo lo sucedido, pero evidentemente faltaba más.

Sonó el teléfono. Mi padre.

- Eres un jilipollas.

- Buenos días, papá.

- ¿Cómo puedes hacerle esto a tu madre, quieres matarla de un infarto? A mí me dá lo mismo, yo hace años que me di cuenta que tus cromosomas eran deficientes, pero a ella… la ilusión de su ida era estar en tu boda y ahora nos enteramos que te has casado en secreto con una pobre chica a la que ni siquiera quieres que conozcamos y que está sufriendo como una condenada.

- Papá…

- Yo ya no soy tu padre, me averguenza que lleves mi nombre, hasta me alegraría que tu madre me confesara que no eres hijo mío.

- Papá…

Papá me colgó sin siquiera darme derecho a réplica.

No puedo seguir escribiendo.

 

Miércoles 14. Amanece, que no es poco.

 

Hoy me enterraron. Finalmente mi cuerpo ha quedado bajo tierra. Ha sido triste, ha sido doloroso ver a mi madre sin saber cómo contener las lágrimas. Ver a mi padre abrazándola y cerrando los ojos. Ver a dos o tres amigos a los que nunca antes había visto serios. Verme caer dentro de una caja de madera hasta las entrañas de la tierra. Verlos irse lentamente, quedarme solo.

Hoy he llorado.

Escribo esto sentado en un parque frente al cementerio. Parece que es lo único que me queda. El último nexo.

Y sin embargo lo que tengo para contar es tan miserable, tan ridículo, tan intrascendente.

De que sirve contar que me pasé dos horas tratando de encontrar el edificio donde este calvario había comenzado y que al llegar allí no fue a la chica a quien me encontré, sino a la misma anciana de la mañana que, uniendose al club, me insulta a voz de cuello.

- Miserable, abandonar así a Dominguita, justo ahora que lleva a tu hijo en el vientre. Lo que pase de ahora en adelante será culpa tuya… yo le dije que si me encontrara en su situación me tiraría de un puente.

Gracias. La vida es maravillosa.

La vieja dio media vuelta y volvió a entrar al edificio. Yo me quedé estrujándome el rostro con la mano izquierda mientras con la derecha me sostenía del portal para no perder el equilibrio.

Evidentemente se había formado un pequeño círculo de transehuntes a mi alrededor que me miraban con desaprobación mientras agregaban a mi biografía detalles para mí desconocidos.

 

Quizás fue al escuchar una melodía de movil igual a la mía. No lo sé.

Llamarla por teléfono. Llamarla a mi móvil.

¿Cómo no se me había ocurrido antes?

 

- ¿Si?

- ¿Dominga, eres Dominga?

- Si, soy yo, ¿quién es?

- Soy yo, ¿dónde estás? Quiero mis cosas. Quiero todas mis cosas.

- ¿Cómo puedes hablarme así? Entonces es cierto que ya no me quieres.

Dios mío. Es en momentos como esteos cuando recuerdo que podría haberme casado con Jacinta, mi vecina de la infancia y que ahora podría tener cuatro hijos inutiles, un perro de nombre impronunciable, una hipoteca perpetua y una úlcera como mejor amiga.

Pero no, aquí estoy, tratando de mantener un diálogo coherente con una desquiciada. Yo, yo que no le he hecho daño a nadie, que hasta doy monedas a los indigentes. ¿Por qué a mi?

- No me entiendes,- le digo, tratando de sonar cariñoso y comprensivo,- yo necesito verte, hablar cara a cara, decirte lo que siento… Dime dónde estás y voy a buscarte, nos tomamos algo, hablamos, ¿vale?

 

No sé cuantas otras cosas le dije, recuerdo haber hablado con calma, con cariño, inventando palabras tiernas, haciendo las promesas más descabelladas, mientras veía como el teléfono devoraba una tras otra, media tonelada de monedas. Hasta que me dijo dónde estaba. Hasta que corrí a su encuentro.

Hasta que corrí a mi destino.

 

La encontré en una azotea del centro, hecha un mar de lágrimas, vestida con mi cazadora y mis zapatos. Era más fea de lo que yo recordaba. Era feísima. Y moqueaba. Y al hablar, al balbucear, hacía burbujas de saliva que explotaban salpicándole los labios y el mentón.

Quería ayudarla. Quería aplastarle la cabeza con un yunque. Pero también quería saber por qué habia hecho todo esto.

- ¿Por qué has hecho todo esto?

- Porque te quiero.

- Pero si ni nos conocemos.

- Pero te quiero.

- Quiero todas mis cosas, quiero que me dejes en paz.

- Te quiero, yo te quiero. Voy a saltar

Aleluya. Por un momento vislumbré todos mis problemas resueltos. La tranquilidad, el nirvana… la culpa, el remordimiento, el cargo de conciencia.

Me acerqué a ella, traté de abrazarla, de consolarla, de conducirla con dulzura hasta el manicomio más sercano, qué se yo, cualquier cosa con tal de que no saltara, pero ella trató de alejarme. Fue un forcejeo confuso. Tirones, codazos, sus dientes clavándose en mis manos…

 

Después la caída. Prolongada, lenta, inexorable. La caída. Mi caída. Y su rostro de mirada ovina cada vez mas lejos.

El silencio. El golpe. Los dolores.

La ambulancia, las sirenas. El Hospicio.

Las monjas, la manguera, mi agonía.

Y el silencio nuevamente.

Y el entierro.

Y este cuaderno, este diario que no sé para qué escribo.

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One Response to “Diario de un Muerto”

  1. Mario says:

    Muy bueno. Me quedo con lunes de mierda, me morí de risa ( nunca mejor dicho). Un saludo.

    Buen blog, Giordano; ya no me despedí de vos( me regresé a México ), asi que aprovecho para hacerlo y desearte felices fiestas, en compañía de todas tus mujeres.

    Sigue escribiendo.

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